
Después de aquel período de "escuela de escaqueo" que durante 18 meses me enseñó a simular que trabajaba mientras intentaba no dar un palo al agua (una vez vi un método de pesca en una isla de Thailandia que consistía en unas personas andando con el agua hasta la cintura y arrastrando una red mientras otro daba palazos en el agua con el fin de confundir a los peces y atraerlos a las redes, supongo que de ahiíviene la expresión), las ansias de viajar ya eran exageradas. Cualquier excusa era válida para imaginar viajes a tierras incógnitas. Imagino que pasarme los fines de semana en un cuartel encargado de atender el teléfono por si llamaban las novias de los soldados y algún que otro mando ayuda a que la imaginación se desbordase.
Conocí a Tolito y a Miguel. El primero me sacó a escalar por primera vez. Con él ascendí el Aneto en nuestra primera salida a Pirineos. Con el segundo nos dirigimos a los Alpes y más tarde a Argentina a escalar el Aconcagua. Fuímos los primeros mallorquines. Yo era muy joven y aprendí mucho de cómo viajar y cómo no. Tengo grandes recuerdos de ese viaje, pero sobre todo de mis compañeros.
Yo creo que a partir de ahí, es cuando decidí que lo que quería hacer era recorrer, ver, conocer y saber lo que es en realidad el mundo. Con el tiempo me voy dando cuenta de que el mundo es lo que tenemos a nuetro alrededor, lo cercano. Lo otro son otros mundos, otros universos. Creo. Quizás no, ¿verdad? Yo que sé. Tantos años viajando y uno no aprende nada. Tendré que repetir curso, debe ser por eso que sigo viajando.
El Aconcagua. La montaña más alta de América del Sur, que con sus casi 7.000 mts. roza el cielo. Los recuerdo como un grupo de entusiastas , fuertes y decididos. Joder, no había pared que no soñáramos con escalar. Pelos largos, embutidos en mallas, cintas express en la cintura, mochila en la espalda y manos siempre manchadas de magnesio, eran las señas de los guerreros de las montañas. Así me sentía y así lo vivía (sí ,unos de mis libros preferidos también era El señor de los anillos) Cada montaña era una batalla que librar. La ascensión al Aconcagua me ayudó a descubrir ciertos aspectos de mi personalidad, como por ejemplo que puedo caminar horas y horas sin quejarme y ser más feliz que una perdiz, que sin chocolate no puedo vivir más de 48 horas, que un respeto surge de algún lado cuando contemplas la inmensidad de las montañas y el mar y el horizonte, que consciente o inconscientemente no podría dejar morir a alguien sin intentar evitarlo, que las situaciones límite muestran a las personas como son realmente...
Parece muy de libro, pero a veces la vida es como una historia escrita. Recuerdo, con alguna distorsión de la relidad debido al tiempo pasado, que durante la ascensión tuvimos que rescatar a uno de los miembros de la expedición. Bueno en realidad no eramos una expedición sino más bien 5 escaladores que nos habíamos juntado para abaratar costes, pero en realidad había 2 grupos: por un lado Miguel y yo y por otro lado Jose, Gerard y Jopela. La cuestión es que Miguel y yo hicimos cima y desde allí veíamos a Gerard que dejaba solo a Jose en las últimas rampas. Éste ya no podía más. Rápidamente fuímos a rescatarlo y bajarlo. Recuerdo sus palabras: " dejadme aquí, decidle a mi mujer e hijo que los quiero". La ostia. Yo no iba a enfrentarme a eso, así que hicimos lo posible por bajarlo. Al principio Miguel y yo, un poco más tarde se unió Gerard, que renunció a la cima en cuanto se dio cuenta de la verdadera situación. Recuerdo arrastrar el cuerpo de Jose entre las piedras, cargarlo a los hombros, todo esto a más de 6500 mts. de altura. Recuerdo que se acercaba la noche y empezaba a hacer frío. Recuerdo cuando llegó el grupo de rescate ya tarde y construímos una camilla con los bastones y mi gore. Recuerdo la noche en "Nido de cóndores" un refugio que no era más que dos puertas tumbadas a lo largo y apostadas en forma de pirámide. Recuerdo el frío en los pies, la nariz, las manos y el alma. Recuerdo los primeros brillos del sol y con él la esperanza que todo saldría bien, de como ya con el sol llegó el equipo de rescate (no lo bajaron de noche debido a lo mal que estaba) y se llevaron a Jose y Gerard para evacuarlos en helicóptero mientras Miguel y yo recogíamos el campamento y nos preguntábamos porqué Jopela había abandonado a sus compañeros...
Y después ya recuerdo playas cristalinas en las islas Margarita, espaldas quemadas y risas con Gerard, el hippie melenudo holgazán..
Y pasaron más cosas pero ya las iré contando más adelante que esto es un tostón...

